Progreso o evolución histórica

Progreso: avance científico, moral y cultural

Al aplicar el método del materialismo dialéctico a la historia, inmediatamente resulta obvio que la historia humana tiene sus propias leyes, y que, consecuentemente, es posible comprenderla como un proceso. El ascenso y la caída de diferentes formaciones socioeconómicas se pueden explicar científicamente en términos de su capacidad o incapacidad de desarrollar los medios de producción, y de ese modo, empujar hacia delante los horizontes de la cultura humana e incrementar el dominio de la humanidad sobre la naturaleza.

El marxismo sostiene que el desarrollo de la sociedad humana a lo largo de millones de años representa el progreso, pero éste nunca ha seguido una línea recta, como equivocadamente creían los victorianos (quienes tenían una visión vulgar y anti dialéctica de la evolución). La premisa básica del materialismo histórico es que la fuente última del desarrollo humano es el desarrollo de las fuerzas productivas. Esta es la conclusión más importante, porque es la única que nos puede permitir llegar a una concepción científica de la historia.


Siguiendo a Marx, este dice:

“Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social.
Al cambiar la base económica se transforma –más o menos rápidamente– toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas transformaciones hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a estas épocas de transformación por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción.
Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos sólo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización. A grandes rasgos, podemos designar como otras tantas épocas de progreso en la formación económica de la sociedad el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués.
Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana.”

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